sábado, 29 de septiembre de 2007

Primer centenario de la muerte de Fermin Salcochea, un desconocido para much@s


JOSÉ LUIS GUTIÉRREZ MOLINA/HISTORIADOR

Con sordina y gracias a las iniciativas de la Asociación de Amigos de Fermín Salvochea, por un lado, y del Sindicato de Oficios Varios de la CNT de Cádiz, de otro, se está recordando estos días la personalidad, obra e ideas de Fermín Salvochea aprovechando que se cumplen cien años de su muerte. Aunque para ser justos hay que reseñar que quienes comenzaron fueron en abril las jornadas organizadas por el IES Francisco Pacheco de Sanlúcar de Barrameda. Después, el sábado pasado, aparecieron las pancartas que desplegaron los hinchas de la Columna Salvochea que más que un recuerdo eran toda una declaración de principios.

Salvochea es un personaje incómodo, hasta inclasificable. Tanto más cuanto el desconocimiento existente sobre él haría sonrojar a una sociedad que tuviera, en su conjunto, un nivel cultural, social y político, superior al que tiene hoy día la española en general y gaditana en particular. No es una valoración, sino una constatación cuya responsabilidad no puede ser compartida al mismo nivel por el ciudadano, los universitarios o la clase política local. Todos seguimos tirando de los mismos trabajos, en especial de la obra de Fernando Puelles, y de las mismas fuentes mientras que siguen esperando no ya una investigación profunda sobre su vida y obra, sino siquiera que se edite en español el trabajo colectivo que, hace justo veinte años, editó la Universidad de Vincennes con el título de Un anarchiste entre la légende et l'histoire. Fermin Salvochea.

Su vida pública transcurrió en unos años especialmente agitados de la historia contemporánea española. Los que van desde la caída de Isabel II hasta el comienzo del siglo XX, en vísperas del nacimiento del sindicalismo moderno con la creación de la CNT. Las décadas durante las que fracasó la configuración moderna del Estado español con la caída de la I República y se consolidó una monarquía reaccionaria que no resolvió los numerosos problemas existentes. Como la propia configuración territorial del Estado y la consideración de la cuestión social como algo más que un problema de orden público. En ambos casos tuvo un protagonismo especial Salvochea. En el primero como destacado participante de los sucesos cantonales del verano de 1873. En el segundo como referente del asociacionismo obrero en su lucha por su propia existencia e introductor de la convocatoria del 1º de mayo y la reivindicación de las ocho horas.

Hoy, la mayoría de los temas centrales de su pensamiento y acción siguen estando vigentes. Cuestiones como el internacionalismo, la religión, el antimilitarismo, las reivindicaciones laborales, las relaciones personales ¿quién puede dudar de su vigencia en unos momentos en los que la desigualdad, la represión y la expoliación avanzan en sentido geométrico a la vez que apenas se mantiene la capacidad defensiva de los explotados? Salvochea se negó a escribir sus memorias. Más aún, desanimó a quien se lo propuso porque estaba convencido de que la sociedad capitalista no podía permitir siquiera el recuerdo de la existencia de miles de salvocheas Su discípulo Pedro Vallina que lo intentó, perdió todo el material que había recopilado en 1939, tras la victoria de los golpistas de julio de 1936. Después vino el silencio de los cementerios durante la dictadura, al que sucedió el olvido y la discreción durante las décadas de democracia.

Salvochea transitó del republicanismo federal, al anarquismo. De político a militante obrero que, desengañado, terminó afirmando que nada se podía esperar de la política. Uno más de los muchos que tras pasar por las filas del Internacionalismo obrero terminaron en las del anarquismo. Una militancia que apenas se nombra. Como tampoco se dice que su irreligiosidad fue radical, no sólo librepensadora. Mi religión es practicar el bien escribió. Que frente a las patrias de campanario, al patrioterismo tan al uso, nos recuerda, con su internacionalismo, que el mundo es la patria de los hombres. Que su antimilitarismo no es sólo la oposición a la contribución obligatoria de sangre, sino a la existencia de cualquier tipo de ejército. En definitiva que es el hombre, en toda su complejidad, quien protagonizará el cambio social. Por eso pudo escribir que si se mirasen al microscopio las joyas que lucía la burguesía se verían que, en ellas, estaban los glóbulos rojos que faltaban de la sangre de los trabajadores.

Para Salvochea el capitalismo no es muy diferente de una sociedad caníbal. Sólo es más refinada e hipócrita: el capitalista devora al trabajador como el caníbal a su semejante. Como seguidor e introductor de los planteamientos de Pedro Kropotkin, se consideró anarcocomunista. Es decir que, frente al colectivismo de Bakunin defendió la socialización tanto de los medios de producción como de los productos. También consideró que la acción debía trascender al individuo. Así, su vida fue una apología de la ejemplaridad del hecho. La ética del revolucionario era tan o más importante que la definición del modelo de sociedad que pretende crear.

Actividades que le hicieron peligroso: Salvochea era un elemento sincrético que preocupó a las autoridades hasta el punto de considerar necesario hacerle callar. Padeció cinco procesos y una nueva condena a doce años de prisión. Nada, sin embargo, pudo romper la figura de quien, todavía vivo, había comenzado a ser un mito. Si 5.000 gaditanos acudieron a recibirle en abril de 1899 tras ser amnistiado, más de 50.000 asistieron a su entierro. Comenzó entonces la lucha por apropiarse de su figura. Los republicanos fueron los primeros interesados en hacer de Salvochea un ídolo. El escritor Vicente Blasco Ibáñez estuvo entre los que más hicieron por forjar la imagen de Salvochea «apóstol», de «un santo laico». Una visión que servía a los planes del republicanismo de desplazar al anarquismo del mundo obrero. Frente a este retrato apareció el ácrata. Vallina lo mostró como un «héroe moderno» que luchaba por la causa del pueblo, denunciaba la perversidad de la propiedad, el simulacro de la justicia burguesa, las virtudes del comunismo igualitario y la necesidad de la igualdad económica para establecer la fraternidad entre los hombres. Fue un Quijote de carne y hueso.

Después también llegó la banalización de su figura que no ha parado hasta hoy dejando en segundo lugar, considerándolos fracasados y obsoletos, los ideales que defendió. Hay quien hace hincapié en su federalismo. Otros en su labor en la alcaldía. A algunos lo que les interesa es destacar su figura de hombre bueno, en abstracto, que nunca descargó sus responsabilidades en otros y acompañaba a su madre a la puerta de la iglesia. Hasta hay quienes aspiran a convertirlo en un santón milagrero que, en Cádiz no podía ser de otra manera, da vivienda y trabajo.

Pero Salvochea es mucho más que todo eso. Fue un ácrata que pensaba que la utopía era posible y que sabía que los enemigos de cualquier avance social, los de entonces y los que vinieran después de su muerte, no dejarían de atacarle y llamarle iluso. El revolucionario Salvochea, su influencia moral, le hace merecer de algo más que dar nombre a una calle o a una biblioteca. Al menos que en su ciudad se le conozca más de lo que lo es hoy. No quiero perder la esperanza de que estos actos no sean flor de un día sino semillas germinadoras de un extenso vergel

martes, 25 de septiembre de 2007

Primer centenario de la muerte de Fermin Salvochea


El proximo jueves 27 de septiembre se cumple el primer centenario de la muerte del anarquista gaditano Fermin Salvochea y Alvarez.
Para este mismo día, el SOV de Cádiz presentará la biografía de Fermin Salvochea (II Edición) de Pedro Vallina (1957), en la Asociación de la Prensa de Cádiz ( C/Ancha) a las 19 h.
La presentación correra a cargo del historiador José Luis Gutierrez Molina, escritor del prologo de esta nueva edición.
En el mismo acto se podrá adquirir el libro (15 €), que a su vez ya se encuentra disponible en muchas librerias gaditanas.
Así mismo informamos que proximamente se editará una pelicula-documental sobre la vida del anarquista gaditano.
"NO SE PUEDE ESPERAR NADA DE LA POLITICA" Fermin Salvochea (1842-1907)

martes, 11 de septiembre de 2007

Ha fallecido José Palacios Rojas, “Piruli”: breves notas para el recuerdo.


José había nacido en 1914 en el pueblo de Coria del Río. Trabajador del campo desde niño, a los 9 años ya estaba afiliado al Sindicato de la CNT e integraba las Juventudes Libertarias. Participó activamente junto a sus compañeros en la vida sindical y cultural de la CNT de la localidad, que llegó a agrupar a la práctica totalidad de los trabajadores corianos durante la II República. Tras el golpe de Estado militar y la ocupación del pueblo por las escuadras fascistas, con la consiguiente masacre de trabajadores desarmados, José consigue huir y se integra en las unidades milicianas. Lucha en el frente de Madrid hasta la derrota, llegando en la retirada hasta el Puerto de Alicante, donde es capturado. La llevan al campo de concentración de Albatera, donde sufrirá como tantos otros el hambre, penuria y enfermedades a que someten los fascistas a los vencidos. Tras varios años de prisión, se suma a la lucha clandestina contra el franquismo y tras la muerte del dictador participa en el relanzamiento de la CNT en Sevilla, a la que ha pertenecido hasta su muerte, siendo un ejemplo de modestia, dignidad y entrega para todos los compañeros.

Desde la Federación Local de Sindicatos de la CNT de Sevilla queremos expresar nuestro agradecimiento a José y a todos los hombres y mujeres que nos han precedido en la lucha por una sociedad más digna y humana, sin clases y sin Estado, en socialismo y libertad. Por mostrarnos con su ejemplo consecuente que es posible vivir sin amos, con justicia y fraternidad. Para todos/as ellos/as y especialmente, en el día de hoy, para el compañero “Piruli”, nuestro recuerdo emocionado y nuestro compromiso de seguir adelante.

Valero Chiné Bagué, anarcosindicalista: breves notas para el recuerdo.


Valero Chiné Bagué, nació en Fraga -al sureste de la provincia de Huesca- el 1 de noviembre de 1918, militante de la Confederación Nacional del Trabajo desde muy joven, casi un niño, murió el pasado 12 de julio de este año 2007.

El año 1976 Valero junto con otros compañeros que resistieron a la guerra civil y al doloroso “exilio interior” provocado por la dictadura franquista, decidieron que era el momento de devolver a la luz pública la organización por la que tanto habían luchado. La nueva realidad, provocada por la muerte del dictador, estaba de su parte y a los pocos meses, su esfuerzo fue recompensado. En el “77” el nombre de Valero Chiné fue uno de los que sirvieron para dar legalidad jurídica a la CNT de Fraga.

Atrás quedaban los oscuros años del franquismo, la lucha clandestina, la represión, la guerra y la revolución. Permanecían, también, los imborrables recuerdos y los acontecimientos vividos en su juventud; su paso por la escuela de J. Alberola (en 1933 asiste por primera vez a clases nocturnas que el maestro racionalista imparte en los locales de la Sociedad Cultural Aurora, “ateneo libertario” y filial de la CNT de Fraga). Fueron los años que, sin duda, forjarían su compromiso militante; se asoció al “Ateneo”, más tarde a la CNT y colaboró activamente en la “creación” y organización de las Juventudes Libertarias.

Cuando estalla la guerra civil -como consecuencia del golpe de estado del 18 de julio- se alista a la Columna Durruti, Participa en varias zonas del “Frente de Aragón”, y forma parte de una de las Centurias de la Columna que se desplaza hasta Madrid para apoyar su defensa. Fue protagonista en los duros combates contra las tropas franquistas en la zona del Hospital Clínico y Zona Universitaria y, como otros tantos compañeros de Fraga, recibió la dura noticia en plena batalla, de la muerte de Durruti.

Cuando el gobierno de la República impone la militarización de las milicias, no estando de acuerdo con esta medida abandona voluntariamente la Columna Durruti.

A su regreso, Fraga se encuentra en pleno proceso colectivista, en ese momento es nombrado delegado en la Cooperativa de Consumo de la Colectividad, responsabilidad que ejercerá hasta su regreso al frente. Será testigo de algunos de los fatídicos acontecimientos, protagonizados por la 27ª División, la antigua Columna Carlos Marx; además del acoso que esta ejercía contra los colectivistas, hechos que de alguna manera, ya pronosticaba el trágico futuro que les esperaba.
Con la movilización militar y llamada a quintas, de nuevo, tiene que incorporarse a filas; pero esta vez, de manera forzosa. Sin embargo, unos días antes de que eso ocurriera y con la preocupación de ser reclutado en una unidad militar con un color político “non grato”, decide alistarse voluntariamente a la 127 Brigada Mixta de la 28ª División, la antigua Columna Roja y Negra que tenía las oficinas de su Estado Mayor muy cerca de Fraga, en Albalate de Cinca. División con la que luchará en varios frentes hasta el final de la guerra.
El fin de la contienda le sorprende en Madrid y Valero será uno de los muchos combatientes de la zona republicana que se desplace (como pueda) hasta Valencia para después esperar en el trágico puerto de Alicante la llegada de un barco internacional que le conduzca hacia un exilio forzoso pero, que al menos, pueda salvarle la vida. No fue así los barcos soñados no llegaron y Valero cae prisionero. Empieza un periplo que durará años, pasando por campos de concentración y cárcel, primero en Albatera, Porta Coeli, Miranda de Ebro y finalmente en Rentería. Al regresar a Fraga vuelve a ser condenado a siete meses de trabajos forzados; esta vez, es denunciado por “Desafecto al Movimiento Nacional”, es trasladado a Zaragoza y conducido al campo de aviación Las Bardenas.

A finales de 1940, cuando por fin parece encontrarse “libre”, empieza a trabajar en las minas de carbón como medida provisional para eludir el servicio militar; oficio que, sin embargo, ejercerá durante veintiséis años, en la cuenca minera de la Granja d´Escarp y Mequinenza, (pueblos de la provincia de Lleida y Zaragoza pero muy cercanos a Fraga) En 1946 es detenido por la policía y guardia civil junto a otros muchos mineros por la reorganización de la CNT clandestina. Doscientos cincuenta compañeros de la provincia de Lleida y de algunos pueblos cercanos de la parte aragonesa, -como Mequinenza, Fraga, o Torrente de Cinca- serán procesados y encarcelados. Valero permanecerá casi un año en la cárcel de Lleida y once años de libertad condicional y vigilada. A todo esto, hay que añadir la humillación pública, por parte de las autoridades locales, los malos tratos y la tortura durante la detención. Y por si fuera poco, a la tragedia familiar hay que sumarle que hacía tan solo seis meses de su unión en matrimonio con su compañera Conchita.

Los años siguientes y hasta la muerte del dictador, su abnegada militancia no decayó y su compromiso fue firme a pesar del hostigamiento que la dictadura ejercía. Siguió haciendo sindicalismo dentro de sus posibilidades, ayudando y tendiendo siempre la mano a los mas desfavorecidos, “ganándose” por ello el reconocimiento de sus compañeros de trabajo; pero, además, y, paradójicamente, el respeto de muchos patronos y de sus adversarios políticos.

A pesar de su azarosa vida su entusiasmo no menguo y su forma de entender la vida, se basaba claramente en continuar trabajando en favor de unos ideales, -que para algunos ya parecían caducos delante de los nuevos acontecimientos políticos, que con la muerte del dictador se avecinaban-. Pero para él continuaban teniendo la misma validez de siempre.
En estos últimos treinta años Valero supo conjugar muy bien su militancia con su edad, pues a pesar de la diferencia generacional, nunca tuvo un mal gesto ni un desagravio; todo lo contrario, ayudó a la formación de la militancia más joven y siempre desde el respeto; sin imposición ni coacción. Animó y apoyo todas las iniciativas, con sus ideas y propuestas, sin olvidarse de su cuota sindical; en esta última etapa colaboró en la formación de la asociación Centro de Estudios Libertarios José Alberola. El conocimiento, en muchos casos por ser protagonista directo, de la historia social y libertaria tanto de Fraga como de la comarca, lo llevó a participar en varios documentales históricos; “Ni peones Ni patrones” de S. Kontrasfilm de Ámsterdam, o “Vivir La Utopía” de la cadena Arte, además de colaborar aportando datos y documentos a investigadores de historia y artículos de prensa.

Somos conscientes que dejamos muchas anécdotas y buena parte de la historia de tan intensa vida, quizá la abordemos en otro momento. Con este comunicado solo pretendemos hacerle nuestro particular homenaje para compartirlo con su familia y amigos y hacerlo extensivo a toda la Confederación y el Movimiento Libertario.

No dudamos en decir que la ausencia de Valero deja un inmenso vacío en la organización, pero el recuerdo de su profunda humanidad y sus firmes convicciones serán el aliento necesario para continuar hacia delante.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

CAE EL ULTIMO DE LOS JUBILES


El pasado sábado 1 de septiembre libró su último combate el compañero José Moreno Salazar, último superviviente del grupo guerrillero de Los Jubiles.
José Moreno nació en Bujalance (Córdoba) en 1922, en una familia jornalera, por lo que la guerra lo alcanzó siendo un niño. Afiliado a la CNT desde muy joven, empezó siendo enlace del grupo “Los Jubiles”, llevando y trayendo información y víveres entre el monte y el pueblo. Bujalance era una localidad de una gran influencia libertaria, encabezada por los Hermanos Rodriguez Muñoz,“Jubiles”, que al finalizar la guerra formaron un grupo guerrillero que logró resistir hasta 1944. Testigo de la durísima represión fascista en el pueblo, que sufre directamente su familia y él mismo, se unió finalmente al grupo en 1941. Así se inició su vida como guerrillero, contada por el mismo en su libro “El guerrillero que no pudo bailar”, publicado hace tan solo unos años.
Tras varios años de resistencia y lucha en Sierra Morena, el grupo es victima de una traición y cae en un cortijo de Montoro. Todos los miembros del grupo son asesinados, excepto José que salva la vida al derrumbarse sobre él parte del techo del cortijo en el que se cobijaban. Es llevado a la cárcel de Montoro y luego a la de Córdoba, volviendo a caer sobre él la tortura y la represión. En un arranque de audacia, consigue escapar de la prisión y huye a Manzanares. De ahí a Valencia, luego a Madrid. Para intentar ocultar el mito de que el último de los Jubiles estaba vivo y había escapado, la Guardia Civil mata a un pobre hombre y publica en la prensa con grandes titulares que ha terminado con José Moreno. Pero José consigue documentación falsa y comienza una nueva vida con el nombre de Antonio Pérez. Finalmente se instaló en Osa de la Vega (Cuenca), dedicado a los seguros de defunción, lo que no deja de tener gracia para ser alguien que ya estaba muerto “oficialmente”. No recuperó la posibilidad de usar su nombre verdadero hasta 1982.
José Moreno vivió muchos años bajo otra identidad y ocultando su procedencia y sus ideas. Su historia permaneció oculta pero no olvidada. Su memoria prodigiosa y su ánimo tenaz le permitieron, muchos años después, describir la travesía de su lucha y la de sus compañeros de una forma meticulosa y exhaustiva. No olvidó tampoco sus ideas libertarias y desde que recuperó su identidad no cesó en el empeño de que se reconociera y recordara a sus compañeros. José promovió con su tesón los actos celebrados hace dos años en Bujalance y Montoro que culminaron con la construcción de un monolito en el lugar donde murieron. José volvió a ver su pueblo después de más de 40 años.
La versión de José acerca del final de “Los Jubiles” no era compartida por algunos familiares de éstos, que dudaban que él hubiera estado presente. Pero el tiempo ha querido que el expediente instruido por el ejército franquista y la Guardia Civil al grupo guerrillero haya sido encontrado en el Archivo Militar de Sevilla, dando la razón plenamente a las palabras del compañero José.
Aquejado por graves dolencias del corazón desde hacía varios años, no dudó jamás en asistir a actos, conferencias, allí donde se congregaran guerrilleros para seguir manteniendo viva su historia. La muerte de su compañera el año pasado agravó sus dolencias hasta que el sábado ya no pudo más.
Ha muerto el último de Los Jubiles. De él nos queda un ejemplo de lucha constante que nos demuestra que ésta es posible siempre, aun en las condiciones más adversas, sin perder la humanidad que caracteriza a los auténticos anarquistas. Que la tierra te sea leve, compañero

lunes, 3 de septiembre de 2007

Ha muerto José Moreno, luchador anarquista

Ha fallecido en Alcázar de san Juan el día 1 de septiembre José Moreno, último guerrillero libertario andaluz. Nació en Bujalance, provincia de Córdoba de familia de jornaleros, conoció la guerra con sólo catorce años. El frente estuvo mucho tiempo establecido cerca del pueblo y cuando al final entraron las tropas franquistas hubieron de huir muchos vecinos para evitar detenciones, torturas y fusilamientos. Preso por primera vez en diferentes presidios, consiguió evadirse, vio torturar a su madre y a numerosos amigos a manos de la guardia civil y la Falange.
Se unió a la guerrilla de los hermanos Rodríguez que habían luchado en el Ejército Popular de la República y con ellos y muchos otros compañeros anarquistas pasó años de lucha en las sierras de Andalucía y La Mancha. Perseguidos hasta el exterminio y traicionados por chivatos que se hacían pasar por guerrilleros y trabajaban para las fuerzas de la represión, fue cogido preso tras un ataque en el que murieron todos los demás resistentes de esa guerrilla. Él quedó sepultado bajo los escombros de la casa en la que se refugiaban y que fue literalmente arrasada por los atacantes. Detenido pasó una larga temporada en la cárcel hasta conseguir evadirse por segunda vez. Desde entonces comenzó para él una larga época de clandestinidad, huidas, y enormes dificultades. Consiguió hacerse con documentación falsa y hubo de trabajar en todo tipo de labores en diferentes provincias, siempre lejos de su tierra natal. Afortunadamente la Guardia Civil creía que había sido muerto en un tiroteo con sus agentes y hasta llegó a publicarse la noticia de su fallecimiento en la prensa cordobesa. De esta forma pudo sobrevivir en el interior hasta la muerte del dictador y la llegada de la actual democracia. No pudo darle su apellido real a sus hijas que aún hoy han de mantener el apellido ficticio que con su falsa documentación utilizó durante años José.
José Moreno escribió unas interesantísimas memorias, de enorme dureza y realismo, relato simple y puro de los graves hechos que le tocaron vivir. Por desgracia el miedo y la falta de visión de numerosos editores las mantienen aún inéditas. Nunca olvidó su ideal anarquista, dedicó sus últimos años a dar a conocer a las generaciones más jóvenes desde la Asociación Archivo Guerra y Exilio (AGE) de la que era miembro junto a los demás guerrilleros supervivientes, y desde la CNT la tragedia del franquismo, y a exigir la recuperación de la memoria de sus víctimas. Pudo regresar a su pueblo natal y ver inaugurarse un pequeño monumento en memoria de él mismo y los que con él lucharon contra la dictadura en los montes durante años de feroz resistencia guerrillera. En aquel emotivo acto tuvo además la satisfacción de estar respaldado por todos los demás guerrilleros antifranquistas aún vivos y especialmente por José Murillo, Comandante Ríos, último guerrillero comunista de la serranía de Córdoba que aún vive.
Su enorme ingenio, la agudeza de sus observaciones y la frescura y claridad de su habla con la que relataba las cosas más tremendas con especial ironía y humor, le convirtieron no sólo en un auténtico testimonio vivo de aquella época de resistencia y de los ideales anarquistas, sino en un magnífico conversador, un transmisor inteligente de la larga tradición libertaria andaluza y un hombre sencillo cargado de profunda humanidad.Secretaria general de Archivo de Guerra civil y Exilio

viernes, 31 de agosto de 2007

JOSE PELLICER, REVOLUCIONARIO INDOMABLE


La palabra que mejor describe a José Pellicer (1912-1942) es la de revolucionario, calificativo relacionado con un estatus de prestigio que en la actualidad resulta de difícil comprensión, puesto que hoy el prestigio popular va ligado a la imagen más que al ejemplo y el valor de un hombre es determinado por su cotización en el espectáculo más que por el coraje o la integridad. Si dejamos hablar a los hechos, José Pellicer pertenece a la estirpe de los grandes hombres, aquellos que han querido acabar radicalmente con la injusticia y la explotación y han puesto toda su inteligencia y todo su empeño en ello, alcanzando en la tarea cotas muy altas. Su trayectoria al servicio de la revolución proletaria es suficientemente explicativa. Su adhesión a la causa revolucionaria fue tanto más sentida y verdadera por cuanto no estaba basada en motivos económicos, siendo de una familia con medios. Se hizo anarquista por idealismo; su entrega fue siempre altruista, pagando con su persona y buscando la dignidad de los débiles y oprimidos en el combate contra los poderosos y explotadores. Ejemplar como hombre de acción y como hombre de ideas, Pellicer alcanzó el rango de figura histórica al representar su persona la adecuación ideal entre el pensamiento emancipador de la clase oprimida y la lucha efectiva por su liberación. Fué atraído por el anarquismo en fecha temprana. En 1931, con tan sólo diecinueve años, era secretario del Ateneo de Divulgación Anarquista de Valencia. Su valía y arrojo le hicieron destacar entre los anarquistas valencianos ya que representó al Comité Regional de la Federación de Grupos de Levante en el Pleno Peninsular celebrado en Barcelona a finales de julio de 1932. Se afilió a la CNT ese mismo año como mecanógrafo. Su militancia revolucionaria fue incesante, participó en todas las luchas insurgentes de su tiempo, en las de 1993 y en la de 1934, padeciendo por ello persecución y cárcel. Merece destacarse su intento de sublevar el cuartel donde estaba movilizado en la huelga insurreccional de Manresa, en octubre de 1934, por lo que fue juzgado y sentenciado a la deportación. Sus compañeros le sacaron del barco que le debía llevar a Villa Cisneros. Hasta el 19 de julio se pasó el tiempo entrando y saliendo de la cárcel. Su militancia en el grupo “Nosotros” de la FAI, su actividad en los comités de defensa de la CNT y por encima de todo su intervención en la famosa Columna de Hierro, cuya sola mención hizo temblar durante meses a cuantos partidarios del orden opresivo en la modalidad que fuese la escuchaban. Con apenas unos centenares hombres más armados con el entusiasmo que con el material insuficiente conseguido en el asalto a los cuarteles de la Alameda de Valencia, Pellicer, Rafael “Pancho Villa”, Rodilla, Segarra y demás compañeros libraron batalla en Barracas, Sarrión y Puerto Escandón, haciendo retroceder a los fascistas hasta las puertas de Teruel. Quedó liberada del fascio una extensa zona, aliviándose la presión sobre Castellón y Sagunto. Entonces brilló no solo por su arrojo, sino por sus dotes de organizador y estratega de la revolución libertaria, tanto como empezaban a hacerlo Durruti, Máximo Franco o Francisco Maroto. Era culto, políglota, teóricamente preparado, con ideas muy claras a las que sabía dar una expresión incisiva, lo que unido a su alta estatura y voz segura, imponía a quien se le aproximara. Quienes le conocieron y compartieron sus ideas y objetivos le reconocían una dimensión humana y un carisma nada corrientes, virtudes que resaltaban más al acompañarse de un desinterés y de una humildad admirables. Las necesitó para encabezar una columna compuesta por gente que no reconocía ninguna autoridad y para dar sentido revolucionario a su ímpetu. La Columna de Hierro colaboró con los campesinos de los pueblos en los que se desplegó, mostrándoles la manera de ser libres. Las primeras experiencias de comunismo libertario tuvieron lugar al calor del combate de los milicianos. Más que ninguna otra, ni siquiera la Columna Durruti, la Columna de Hierro actuó a la vez como milicia de guerra y como organización revolucionaria: levantó actas de sus asambleas, publicó un diario (“Línea de Fuego”), distribuyó manifiestos y lanzó comunicados, porque necesitaba explicar sus acciones en la retaguardia y justificar sus movimientos y sus decisiones ante los trabajadores y los campesinos. Una organización tal predica con el ejemplo y deja constancia de él. Esa fue su principal particularidad, que Burnett Bolloten rescató en su libro “El Gran Camuflaje”.
Los historiadores se han portado muy mal con él por la sencilla razón de que jamás han contemplado la guerra civil como una revolución fallida, la última de las revoluciones sostenida por ideales emancipatorios, y han tratado de presentarla como un levantamiento militar y clerical contra un poder democrático legítimamente constituido. Obrando así, los historiadores tomaban partido por la República y oscurecían adrede el enfrentamiento feroz entre clases que subyacía debajo del manto político republicano. La acción independiente y revolucionaria de toda una clase histórica, el proletariado, fue ninguneada, y con ella sus mejores logros sociales y sus figuras más señeras. Incluso el dolor y sufrimiento de las víctimas fue obviado. Las fosas comunes sólo se han abierto casi treinta años después de muerto Franco. El interés político de los futuros dirigentes posfranquistas requería una amnesia social y sus historiadores se la servían en bandeja. La democracia española se edificó con el olvido.
Tampoco, y eso es más grave, los libertarios de ahora han prestado demasiada atención a sus héroes, fuera de la deplorable santificación de Durruti. Empeñados en hacer de él un mito, acabaron por matar al revolucionario. Es tan comprensible como lo anterior. El peso del pasado es demasiado fuerte para los libertarios actuales, que se desconciertan y deprimen ante sus responsabilidades históricas. Por eso se sienten cómodos con renegados patéticos como García Oliver, heroicos moderados como Juan Peiró, o huecos figurones como Federica Montseny. Además, no hay que pasar por alto el hecho de que muchos cenetistas tuvieron bien poco de revolucionarios y su actuación, a la luz de la historia, resulta en efecto descorazonadora y desconcertante. Si añadimos a ello el hecho de que importantes cenetistas valencianos como Juan López y los seguidores del manifiesto de los Cinco Puntos colaboraron en los años sesenta con el franquismo, no nos extrañará que José Pellicer resulte indigerible para muchos de sus correligionarios. Sus propias virtudes le perjudicaban porque reflejaban los peores defectos de sus adversarios dentro de la CNT. La integridad de Pellicer hacía más lamentables sus ambiciones y más vergonzosas sus capitulaciones.
Sabido es que el movimiento libertario se encontraba profundamente dividido en cuanto a principios, tácticas y finalidades, y el Congreso de Zaragoza no consiguió zanjar la cuestión. Cuando se levantaron los fascistas el 18 de julio, rápidamente se dibujaron entre los anarcosindicalistas dos líneas de actuación antagónicas, una posibilista y contemporizadora y la otra idealista y revolucionaria. En esta estuvo Pellicer, como, dado su talante, no podía ser de otra forma. En Valencia las dos posiciones, representadas por el Comité de Huelga, sindicalista, y por el Comité de Defensa, faísta, despuntaron desde el primer día. Tras la toma de los cuarteles ambas tendencias encontraron su camino sin estorbarse; la una reconstruyó la legalidad republicana a través del Comité Ejecutivo Popular, órgano autónomo que incorporaba en clave política a la nueva realidad representada por la irrupción de la CNT y la UGT. La otra creó por un lado comités de base que pasaron a controlar fabricas y pueblos, y por el otro, organizó las columnas de milicianos que contuvieron a los militares en Teruel, Andalucía y Madrid. José Pellicer representa al empuje revolucionario de los trabajadores y campesinos valencianos; Juan López, su contrafigura, representa la habilidad política de la burocracia libertaria en ciernes, buscando aposentarse en la gestión de las parcelas de poder conquistado, especialmente en el campo económico. La tendencia contemporizadora de la CNT, mayoritaria entre los militantes valencianos, transigirá con las formas de autoridad y legalidad burguesas con tal de participar en ellas, mientras que la tendencia revolucionaria se estancará en el frente falta de armas y demás pertrechos de guerra, descubriendo una retaguardia donde todo continuaba como antes, sin el menor atisbo de espíritu revolucionario. Las justicieras expediciones a la retaguardia de la Columna de Hierro en busca de armas en las casernas de la Guardia Civil o de la nueva policía comunista Guardia Popular, por no hablar de la quema de archivos o los asaltos a las audiencias, pusieron a los dirigentes colaboracionistas de la CNT en mala postura frente a los demás socios políticos. Entonces dejaron solos a los revolucionarios frente a la legalidad republicana reconstruida y armada. El resultado fue la masacre del 30 de diciembre en la Plaza de Tetuán en la que el mismo Pellicer salió herido, prefiguración bien adelantada de los hechos de Mayo en Barcelona. Treinta anarquistas fueron asesinados y más de ochenta heridos sin que los representantes oficiales de la CNT hiciesen otra cosa que lamentarlo. Los revolucionarios se vieron atrapados en el chantaje moral a que les sometía su propia Organización: si abandonaban el frente para vengarse provocarían una guerra civil en el bando republicano que iba a dar la victoria al fascismo. No quedaba sino posponer el desquite para tiempos mejores. Pero al ceder en ese punto hubieron de ceder en todos. En la disolución de los comités, en la entrada en el gobierno de cuatro ministros anarquistas, en el desarme de los campesinos colectivistas y en la militarización de las columnas. De nuevo el chantaje: o atemperarse o desaparecer. La militarización fue acordada con noventa y dos miembros de la Columna de Hierro presos en las Torres de Quart por los sucesos de Vinalesa, entre ellos Pedro Pellicer, su hermano, responsable del cuartel de Las Salesas. Sin embargo sería injusto decir que José Pellicer se plegó a las circunstancias como por ejemplo sugiere Mera en sus memorias. En el seno de la misma FAI, Pellicer, como miembro del grupo “Nosotros” pugnó por la conducta orgánica más acorde con las ideas de liberación y no aceptó las alianzas con los otros sectores autodenominados antifascistas sino transitoriamente, por imperativos de guerra. Con fondos de la columna, sus compañeros fundaron el diario “Nosotros”, dotando a los grupos anarquistas valencianos de la mejor publicación ácrata que haya habido en la península. “Nosotros” no se atuvo a las directivas oficiales mientras fue controlado por el grupo de Pellicer, y fue portavoz del mejor espíritu revolucionario anarquista hasta que la FAI se transformó en partido político y el Comité Peninsular lo escogió como vocero, apoderándose de él a través de arteras maniobras en los plenos.
Los revolucionarios fueron sustituidos por burócratas, y los que no se refugiaron en sus sindicatos lo hicieron en sus unidades militarizadas esperando tiempos propicios. Pero los buenos tiempos de la revolución jamás volvieron. Pellicer fue herido en Albarracín y separado de la brigada 83, la antigua Columna de Hierro, cosa que aprovecharon los comunistas, mucho más fuertes en el gobierno de Negrín, para detenerle mediante agentes del SIM y llevarle de checa en checa. No se atrevieron a asesinarle como hicieron con Andrés Nin y tras nueve meses consiguió salir de la checa de la calle Valmajor de Barcelona. En octubre de 1938 fue reintegrado en el Ejército Popular al frente de la brigada 129, pero los comunistas lograron relegarle al mando de un batallón. La partición de la España republicana le pilló en la zona centro. En los últimos días de la guerra, ya en Alicante, se preocupará, como siempre, de poner a salvo a los demás, aun a costa de su persona. Detenido por los italianos, fue delatado y salvajemente golpeado por los vencedores. En su traslado a Valencia sufrió varios simulacros de fusilamiento. Durante tres años fue llevado de una prisión a otra. No tuvieron bastante con las torturas y ya que no pudieron destruir su hombría y entereza con palizas y humillaciones lo intentaron con la más pérfida de las maniobras: trataron de corromperle a cambio de perdonarle la vida. Le ofrecieron ir a combatir a los rusos. No sabían sus verdugos que alguien como Pellicer no se vendía, que no había nada en el mundo con qué comprar su honor. Pellicer se enfrentó a la muerte con serenidad. Fue fusilado en Paterna, junto a su hermano Pedro, compañero de lucha. Aunque hoy tenga tan poco sentido el valor, quizás porque no tenga precio, que quien sienta vibrar en su interior la llama de la rebeldía intente comprender que ese día murieron dos valientes. Sin embargo sus ejecutores no lograrían matar al símbolo, puesto que los hermanos Pellicer simbolízan el lado invencible de la revolución: la conciencia insobornable y el anhelo de libertad.
Ningún poeta ha cantado las hazañas o el calvario de José Pellicer, tan cierto es que la poesía abdicó su función liberadora al postrarse ante la pistola de Líster. Tampoco la vida heroica de José Pellicer no tiene interés para los historiadores que ignoran la revolución social y se limitan a arreglar las apariencias para restar legitimidad al franquismo y poco más. Menós interés si cabe mostrarán los herederos del anarquismo de Estado, los hinchas de aquellos traidores de antaño, adalides de la colaboración de clases, para quienes el pasado es algo brumoso cuyas verdades han de ser explicadas a los legos desde el templo de la ortodoxia circunstancialista y del santoral orgánico. Pero para los revolucionarios, o simplemente, para los partidarios de la verdad, para aquellos que no ven en la ideología anarquista algo pintoresco e inofensivo con que entretenerse, mantener en el olvido la memoria de José Pellicer es más que un crimen; es la peor ofensa que se puede cometer contra los ideales por los que luchó y murió. Nadie puede considerarse, en Valencia sobre todo, anarquista, y por ende, revolucionario, sin tener presente el ejemplo del mejor de todos los anarquistas y del mayor de todos los revolucionarios. La memoria es de lo único que no pueden prescindir los idearios derrotados. Es lo único que puede guiar en el presente a quienes los profesan. Por lo tanto, en lo que concierne al patrimonio humano de la revolución española, ignorada por la mayoría, combatida por todas las fuerzas del orden burgués, abandonada por el proletariado europeo y traicionada por unos cuantos que debieron defenderla, la biografía de José Pellicer es la asignatura pendiente.