jueves, 21 de junio de 2007

LAS CENIZAS DEL SCALA: INTENTO DEL ESTADO DE CARGARSE A LA CNT




A las 13:15 horas del domingo 15 de enero de 1978, tras una manifestación contra los Pactos de la Moncloa convocada por la CNT en el centro de Barcelona, un grupo de jóvenes anarquistas lanzaba varias botellas incendiarias contra el restaurante espectáculo barcelonés Scala, en la esquina de Consell de Cent y paseo Sant Joan, que ardió como una pira. Las consecuencias de aquel acto, que tuvo una enorme repercusión, fueron la muerte de cuatro trabajadores –Ramón Egea, Juan López, Diego Montoro y Bernabé Bravo-, la destrucción de un local muy popular y el fin de la resurrección de la CNT.
Casi 30 años después, nadie pone en duda el trascendental papel desempeñado por un confidente de la policía, Joaquín Gambín, "el Grillo", que se infiltró en la CNT y dirigió el atentado. Aquellos días, el centro de Barcelona era un hervidero mezcla de radicalismo y de personajes siniestros, que protagonizaban casi a diario duros enfrentamientos con la policía. Gambín, como "el Rubio" o "el Legionario", formaba parte de aquel oscuro submundo entre la delincuencia y la colaboración policial.
El fiscal del caso Scala, que se juzgó en Barcelona en diciembre de 1980, Alejandro del Toro, escribe en "Cuadernos Jurídicos" (noviembre de 1994) que la información extraprocesal que logró sobre Gambín "era estupefaciente". Y añade que "carecía de sentido que un delincuente profesional, casi cincuentón, reclamado por diversos juzgados, hubiera sentido... tales ideologías libertarias, hubiera colaborado con ellos (los presuntos responsables) en conducirles por Barcelona en su SEAT 1430, en enseñarles la fabricación de cócteles molotov y en dirigirlos sabiamente". Pero lo cierto es que a las pocas horas del incendio, sigue escribiendo el fiscal Del Toro, "unos policías de Madrid comunicaron a sus colegas de Barcelona los nombres y señas de los autores, omitiendo cualquier referencia al Grillo. Más claro que el agua". El nombre de Joaquín Gambín aparecería después, en las declaraciones de los detenidos.
El entonces ministro de Gobernación, Rodolfo Martín Villa, presentó la detención del grupo en apenas 24 horas como un triunfo. La policía andaba necesitada de éxitos, temerosa de que la transición conllevara una purga en el cuerpo. Para los dirigentes de la CNT, estaba claro que había sido un complot policial para acabar con la emergente central libertaria. Los condenados, que nunca han aceptado su participación directa en los hechos pero sí en la preparación de los cócteles, se siente víctimas de manipulación por los servicios secretos.
La vista del caso Scala, en diciembre de 1980, no contó con el testimonio de Martín Villa, solicitado por las defensas (Loperena, Palmés, Krauel y Seguí), ni con la presencia de Gambín, fugado de la prisión de Elx en extrañas circunstancias. A pesar de varias órdenes judiciales de captura, la policía no lograba dar con el Grillo. Pero sí la prensa.
Fue el periodista Ferran Sales quien, en plena vista del juicio, dio con el confidente en Rincón de Seca (Murcia) y más tarde, Rafael Cid y Día Herrera lo entrevistaban en "Cambio 16". El comisario José María Escudero, alias ‘Escubi’, era mi jefe directo", declaró. Escudero era un policía de la "cuadra Conesa", un oscuro superagente implicada en diversos trabajos sucios. Gambín cobraba 45.000 pesetas mensuales por sus "trabajos" de infiltración o por constituir el Ejército Revolucionario de Ayuda al Trabajador (ERAT), grupo que practicó varios atracos antes de caer en otra "brillante" operación policial. Por la delación de Scala cobró 100.000.
La sentencia condenó a José Cuevas, Javier Cañadas y Arturo Palma a 17 años de prisión como autores de homicidio involuntario y por fabricar explosivos. Luis Muñoz fue condenado a dos años y seis meses por complicidad y Rosa López, a cinco meses por encubrimiento. Estas penas indignaron a sectores de la extrema derecha por considerarlas demasiado suaves. El recurso presentado por los defensores, por quebrantamiento de forma y denegación de pruebas por la no comparecencia de Martín Villa en la vista, fue rechazado por el Supremo.
La presión sobre la policía por el asunto Gambín se multiplicó a raíz de la vista y de las exigencias, en aquel sentido, del indignado fiscal Del Toro, que desde instancias judiciales conservadores fue acusado de "simpatizar con los anarquistas".
El representante del ministerio público se defendió años después escribiendo que, ante "el escándalo judicial" que representaba una vista sin el Grillo, "mi problema fundamental era no cubrir de ridículo mi carrera". Porque "todo estaba cojo y propicio a las más desaforadas imaginaciones".
Gambín siguió escabulléndose. Se hizo pasar por un tío suyo que murió y se organizó su propio entierro en Murcia, al que asistieron, incluso, algunos dirigentes de la CNT que le seguían los pasos. Esta depurada técnica de camuflaje ya la había practicado con ETA y una esquela que logró que publicara "Egin".
Finalmente, en diciembre de 1981, el Grillo era detenido, tras un tiroteo, en Valencia. Dijo que se entregó harto de que la Brigada de Información le hubiera abandonado.
La segunda vista por el caso Scala se vio en diciembre de 1983, con un solo acusado: Joaquín Gambín. "La Vanguardia" informó aquel día que "es la primera vez que se juzga en España a un confidente policial".
La sentencia le condenó a siete años por concurrencia a manifestación con armas y preparación de explosivos. Las cenizas del incendio se posaron definitivamente.




Extraído de la Vanguardia

No hay comentarios: